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jueves, 1 de noviembre de 2012

SANDOKAN A LA CACEROLA

Autoras/es: Mario Marazzi
Por su temática vinculada con los cacerolazos de fines del 2001, este "Sandokán a la Cacerola" me parece bastante adecuado para publicarlo en tu blog. Por otra parte mereció Primera Mención de Honor de 2002. Cariños
(Fecha original del artículo: 2002)
      
SANDOKAN  A  LA CACEROLA

E
l tipo, dejémoslo claro antes de empezar, fue-es y será por siempre un seco. Jamás había logrado amarrocar un centavo y  en su descargo estaba el feroz argumento “¿qué carajo voy a ahorrar con el sueldo de mierda que tengo en la compañía de seguros donde laburo?”. Separado y sin hijos de su primer y único intento de formar algo, vivía con un amigo en un departamentito de dos ambientes en Moreno y Solís, allí nomás del Congreso y cerca también del Cuartel General de la yuta. El compañero, visitador médico, viajaba mucho al interior de la provincia de Buenos Aires, por lo cual se veían muy de vez en cuando.

Hacía, para sus cuarenta y tres años recién cumplidos, una vida irrelevante y francamente aburrida. Además de archivista en los seguros, se anotaba cada diez o quince días con una noche de cine, siempre de acción, “para dramas y tragedias basta con la mía” exageraba; algunos domingos iba a ver a Huracán jugando de local; frecuentaba semanalmente un prostíbulo altamente promiscuo pero barato de la calle Venezuela y muy difícilmente recibía noticias de su única hermana, Gladis, desde la Catamarca que los había visto nacer.

Convengamos que el Enero del 2002 en Buenos Aires fue un mes al rojo vivo con el asunto de los Bancos y el corralito. Hasta quienes no tenían nada que ganar ni perder se interesaron y allí aparece nuestro héroe integrando –a manos limpias- un cacerolazo que se había armado en Congreso y arrancaba hacia la Plaza de Mayo. Se enteró por la tele, mirando Crónica TV y en una impronta poco común en él, se puso un pantalón clarito, una camisa de mangas cortas y se fue derecho por Solís hasta llegar a la Plaza de los Dos Congresos. Un verdadero gentío comenzaba a moverse como un animal ciego pero altamente ruidoso, para desembocar en la Avenida de Mayo y desde allí terminarían en la plaza con historia.

La mujer estaba sola en su casa, mirando televisión mientras tomaba un té de boldo, el perro casi dormido sobre una alfombrita marrón. Por un instante pensó que a sus treinta y ocho años bien podía estar mejor acompañada que por ese pichicho de raza ignota que solamente le permitía pensar que otro ser vivo compartía su departamento de Plaza Once.  Pero la ruleta de la vida le había cantado cero muchas veces más de lo aconsejable. De repente se preguntó “si he ido más de veinte veces a esas reuniones de solas y solos y solamente me encontré con tipos mediocres y más pobres que yo, porqué no en el cacerolazo?”. Y terminaba con su pensamiento: “Si ahora están tirando la bronca es porque algún mango tienen en el Banco”. Se puso un jogin, buscó una budinera en desuso (toda quemada por cientos de flanes frustrados) y con el único cucharón que tenía, salió a Rivadavia como un soldado más, con el perrito a upa.

Se encontraron frente al monumento a Moreno, en Plaza Lorea. ¿Te ayudo con el perro o con la cacerola?”, arrancó el tipo con deseos de confraternizar. Siguieron charlando por varias cuadras hasta que llegando a Salta ambos se confesaron que no tenían un solo peso en el Banco y que también coincidían en la búsqueda de una noche diferente. En el cruce de la más ancha del mundo, por un momento quedaron aislados y fue entonces cuando ella le preguntó “¿a vos te parece que se la van a devolver?” deseando que ese desconocido que ya estaba descartado por seco pero que le caía simpatiquísimo le respondiese lo que ella deseaba confirmar.  “La esperanza jamás ... la guita puede ser”, respondió él creyendo que con esa frase se estaba haciendo un lugarcito en la historia de  esta mujer que a medida que avanzaban, más le  gustaba.”Para devolverle la esperanza aquí está una servidora, perro incluido” dijo ella riendo y lo tomó de la mano porque se le vinieron encima dos viejas con una asadera enorme y amenazante.
El de pantalón claro aprovechó la confusa situación y la tomó por la cintura, le rozó un pecho y lo sintió durito, pero tan firme que sospechó que la mujer usaba corpiños baratos y duros. Ya se habían intercambiado los teléfonos, se reían de cualquier cosa, hasta que irrumpió en la escena un gordo furioso que machacaba casi con perversión una cacerola de acero inoxidable (detalle que no escapó a la ficha que hizo rápidamente  la mina) con una espumadera, también del costoso material.

Ya llegando a Tacuarí la mujer se arrimó al oído de su compañero de safari y le dijo: “parte baja, el gordo este tiene treinta o cuarenta lucas en el buzón; disculpame pero no me lo puedo perder” cerrando el discurso con un rápido besito en la cara del anónimo héroe del cacerolazo. Desconcertado por este final que no había visto en las telenovelas, el tipo se separó unos metros y por el ruido que metía la gente, casi tuvo que gritarle ¿y el rope, cómo se llama?

Sandokán ... pero te aseguro que no es el Tigre de la Malasia, remato la mujer que ya estaba junto al gordo desaforado.-


Mario Marazzi - 2002
                                                                                                          

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