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domingo, 4 de noviembre de 2012

JUZGADO POR OLVIDOS

Autoras/es: Mario Marazzi
En el 2006 Radio Municipal (creo que se llamaba Radio Ciudad) realizó un concurso para elegir los MEJORES QUINCE CUENTOS que tuviesen su desarrollo en nuestra amada y odiada Buenos Aires. Se refería a cuentos inéditos lo cual era muy bueno porque eliminaba a los tiburones de dolorosas mandíbulas. Dicen que llegaron más de 350 y entre ellos el Jurado eligió los que consideró los 15 menos horribles. Entre ellos quedó "Juzgado por Olvidos" que aquí les presento. 
 (Fecha original: 2006)

Se cruzaron miradas indiferentes, la primera vez en la panadería Las Victorias, casi en la esquina de Talcahuano y Paraguay. Era el mediodía de un martes del invierno porteño y pasado el tiempo el hombre diría que su interés fue dado por el rojo estridente del tapado de ella o quizá esa melena rubia –teñida- francamente imposible de olvidar.

La mujer, cuando volvieron a encontrarse a los pocos minutos en el almacén de Tucho, creyó escuchar algunos compases de “Propuestas”, un bolero que la transportaba veinticinco años atrás, cuando recién comenzaba su carrera de Abogacía y estaba noviando con el idota de Agustín. El tipo compró dos kilos de naranjas para jugo y mientras esperaba el vuelto se decidió por un reconocimiento más preciso. Lo intrigó el portafolios de cuero de chancho que llevaba la mujer y aceptó que la chalina negra combinaba perfecto con el tapado rojo.

No habían pasado tres minutos cuando en el Supermercado La Anónima, siempre sobre Talcahuano ahora casi Córdoba, volvieron a encontrarse en la góndola de Lácteos. “¿Será una curiosa coincidencia o nos estamos persiguiendo?” dijo él y en ese mismo momento se arrepintió de haber abierto la boca. Sin embargo la mujer, por ese entonces con un yogurt diet en su mano derecha, lo miró francamente moviendo apenas su cabellera rubia y fue entonces cuando se decidió por una respuesta de alguna manera alentadora y enigmática: “Por ahora, me quedo con la curiosa coincidencia”. Ambos sonrieron apenas y ella fue hacia la estantería de galletitas decidiéndose finalmente por un paquete de Mayco Sandwicheras mientras el hombre volvió hacia la heladera de carnes donde tomó una bandeja con dos churrascos de hígado.

“Esta seguidilla de encuentros me lleva a invitarte con un bombón” dijo el hombre de barba entrecana, mientras dentro de la bolsa de pan metía el atado de Derby largos suaves, y le entregaba un marroc a la mujer del tapado torero que había también ingresado al kiosco de la avenida Córdoba, en busca de pastillas de menta y sus Benson.

Salieron juntos y ella le pidió sentarse un momento en un banco de la plaza Lavalle, justo enfrente del kiosco. Los separaban las bolsas de él y el portafolios de cuero de chancho cuando la mujer arrancó fuerte: “Vos sos Alfredo Benavídez y al margen de estos accidentales encuentros de hoy, tuve algo que ver en tu vida”. El hombre ahora la miró con ojo de cirujano y trató de abrir sus archivos de recuerdos pero no ubicaba ese rostro que le seguía gustando pero ahora con algo de miedo: el acierto completo de su nombre lo puso en guardia. Abrió el atado de Derby recién comprado, ella aceptó y encendió los dos cigarrillos con el mismo fósforo. Pasaron apenas dos minutos pero la densidad del silencio era casi insoportable. “No te saco, decime por favor” se entregó él, más intrigado que derrotado. Hubo una cierta compasión cuando ella le tiró un salvavidas: “Juzgado de Instrucción número tres, año 89 o 90, eso no recuerdo bien”.

¡Carajo … ahora sí … vos sos la jueza Lanfranco!”, casi gritó Alfredo Benavídez comenzando a manotear las bolsas, preparando una retirada honrosa, mientras pensaba que esa rubia teñida que en el 90 era morocha y entonces había decidido tres años de prisión para él, estaba allí al alcance de su rabia. Sin embargo comenzó a sentir un cierto asombro –casi admiración- por el coraje de la mujer que ahora le había tomado con firmeza la muñeca de su mano para impedirle que se vaya con sus bolsitas de supermercado. “Ahora que han pasado los años ¿tenés en claro que no tuve salida y pese al imbécil de tu abogado te dí la menor de las penas?”, dijo ella y le pidió que la acompañe hasta la boca del subte.

Se abrazaron en Libertad y Tucumán, casi fraternalmente y mientras ella se acomodaba la chalina negra, Alfredo Benavídez, ex convicto y noticia apetecida por los diarios de entonces, le dijo casi en un susurro “me debés tres años de vida y … un marroc”. De todas formas, no dejó de sentir un poco de vergüenza por vivir este momento tan singular de su vida con una bolsa de naranjas para jugo en una mano y con el pan y los bifes de hígado en la otra. Justo pasaba un 39, con asientos vacíos y del Instituto Libre salían los pibes del turno mañana.-

Mario Marazzi - 2006    


1 comentario:

rosqaboldori@express,com,ar dijo...

¡Excelente narración! Felicitaciones, Mario. Rosa Boldori