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jueves, 24 de abril de 2014

LA INCREÍBLE Y TRISTE HISTORIA DE LA CÁNDIDA ERÉNDIRA Y DE SU ABUELA DESALMADA - 4/5

Gabriel García Márquez
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)
Autoras/es: Gabriel García Márquez
(Fecha original: 1972)
         
Ulises esperó su turno para entrar, y lo primero que le llamó la atención fue el orden y la limpieza en el interior de la carpa. La cama de la abuela había recuperado su esplendor virreinal, la estatua del ángel estaba en su lugar junto al baúl funerario de los Amadises, y había además una bañera de peltre con patas de león. Acostada en su nuevo lecho de marquesina, Eréndira estaba desnuda y plácida, e irradiaba un fulgor infantil bajo la luz filtrada de la carpa. Dormía con los ojos abiertos. Ulises se detuvo junto a ella, con las naranjas en la mano, y advirtió que lo estaba mirando sin verlo. Entonces pasó la mano frente a sus ojos y la llamó con el nombre que había inventado para pensar en ella:

         —Arídnere.
         Eréndira despertó. Se sintió desnuda frente a Ulises, hizo un chillido sordo y se cubrió con la sábana hasta la cabeza.
         —No me mires —dijo—. Estoy horrible.
         —Estás toda color de naranja —dijo Ulises. Puso las frutas a la altura de sus ojos para que ella comparara—. Mira.
         Eréndira se descubrió los ojos y comprobó que en efecto las naranjas tenían su color.
         —Ahora no quiero que te quedes —dijo.
         —Sólo entré para mostrarte esto —dijo Ulises—. Fíjate.
         Rompió una naranja con las uñas, la partió con las dos manos, y le mostró a Eréndira el interior: clavado en el corazón de la fruta había un diamante legítimo.
         —Estas son las naranjas que llevamos a la frontera —dijo.
         —¡Pero son naranjas vivas! —exclamó Eréndira.
         —Claro —sonrió Ulises—. Las siembra mi papá.
         Eréndira no lo podía creer. Se descubrió la cara, cogió el diamante con los dedos y lo contempló asombrada.
         —Con tres así le damos la vuelta al mundo —dijo Ulises.
         Eréndira le devolvió el diamante con un aire de desaliento. Ulises insistió.
         —Además, tengo una camioneta —dijo—. Y además... ¡Mira!
         Se sacó de debajo de la camisa una pistola arcaica.
         —No puedo irme antes de diez años —dijo Eréndira.
         —Te irás —dijo Ulises—. Esta noche, cuando se duerma la ballena blanca, yo estaré ahí fuera, cantando como la lechuza.
         Hizo una imitación tan real del canto de la lechuza, que los ojos de Eréndira sonrieron por primera vez.
         —Es mi abuela —dijo.
         —¿La lechuza?
         —La ballena.
         Ambos se rieron del equívoco, pero Eréndira retomó el hilo.
         —Nadie puede irse para ninguna parte sin permiso de su abuela.
         —No hay que decirle nada.
         —De todos modos lo sabrá —dijo Eréndira—: ella sueña las cosas.
         —Cuando empiece a soñar que te vas, ya estaremos del otro lado de la frontera. Pasaremos como los contrabandistas... —dijo Ulises.
         Empuñando la pistola con un dominio de atarbán de cine imitó el sonido de los disparos para embullar a Eréndira con su audacia. Ella no dijo ni que sí ni que no, pero sus ojos suspiraron, y despidió a Ulises con un beso. Ulises, conmovido, murmuró:
         —Mañana veremos pasar los buques.
         Aquella noche, poco después de las siete, Eréndira estaba peinando a la abuela cuando volvió a soplar el viento de su desgracia. Al abrigo de la carpa estaban los indios cargadores y el director de la charanga esperando el pago de su sueldo. La abuela acabó de contar los billetes de un arcón que tenía a su alcance, y después de consultar un cuaderno de cuentas le pagó al mayor de los indios.
         —Aquí tienes —le dijo—: veinte pesos la semana, menos ocho de la comida, menos tres del agua, menos cincuenta centavos a buena cuenta de las camisas nuevas, son ocho con cincuenta. Cuéntalos bien.
         El indio mayor contó el dinero, y todos se retiraron con una reverencia.
         —Gracias, blanca.
         El siguiente era el director de los músicos. La abuela consultó el cuaderno de cuentas, y se dirigió al fotógrafo, que estaba tratando de remendar el fuelle de la cámara con pegotes de gutapercha.
         —En qué quedamos —le dijo— ¿pagas o no pagas la cuarta parte de la música?
         El fotógrafo ni siquiera levantó la cabeza para contestar.
         —La música no sale en los retratos.
         —Pero despierta en la gente las ganas de retratarse —replicó la abuela.
         —Al contrario —dijo el fotógrafo—, les recuerda a los muertos, y luego salen en los retratos con los ojos cerrados.
         El director de la charanga intervino.
         —Lo que hace cerrar los ojos no es la música —dijo—, son los relámpagos de retratar de noche.
         —Es la música —insistió el fotógrafo.
          La abuela le puso término a la disputa. “No seas truñuño”, le dijo al fotógrafo. “Fíjate lo bien que le va al senador Onésimo Sánchez, y es gracias a los músicos que lleva”.
         Luego, de un modo duro, concluyó:
         —De modo que pagas la parte que te corresponde, o sigues solo con tu destino. No es justo que esa pobre criatura lleve encima todo el peso de los gastos.
         —Sigo solo mi destino —dijo el fotógrafo—. Al fin y al cabo, yo lo que soy es un artista.
         La abuela se encogió de hombros y se ocupó del músico. Le entregó un mazo de billetes, de acuerdo con la cifra escrita en el cuaderno.
         —Doscientos cincuenta y cuatro piezas —le dijo— a cincuenta centavos cada una, más treinta y dos en domingos y días feriados, a sesenta centavos cada una, son ciento cincuenta y seis con veinte.
         El músico no recibió el dinero.
         —Son ciento ochenta y dos con cuarenta —dijo—. Los valses son más caros.
         —¿Y eso por qué?
         —Porque son más tristes —dijo el músico.
         La abuela lo obligó a que cogiera el dinero.
         —Pues esta semana nos tocas dos piezas alegres por cada valse qué te debo, y quedamos en paz.
         El músico no entendió la lógica de la abuela, pero aceptó las cuentas mientras desenredaba el enredo. En ese instante, el viento despavorido estuvo a punto de desarraigar la carpa, y en el silencio que dejó a su paso se escuchó en el exterior, nítido y lúgubre, el canto de la lechuza.
         Eréndira no supo qué hacer para disimular su turbación. Cerró el arca del dinero y la escondió debajo de la cama, pero la abuela le conoció el temor de la mano cuando le entregó la llave. “No te asustes”, —le dijo—. “Siempre hay lechuzas en las noches de viento”. Sin embargo no dio muestras de igual convicción cuando vio salir al fotógrafo con la cámara a cuestas.
         —Si quieres, quédate hasta mañana —le dijo—, la muerte anda suelta esta noche.
         También el fotógrafo percibió el canto de la lechuza pero no cambió de parecer.
         —Quédate, hijo —insistió la abuela— aunque sea por el cariño que te tengo.
         —Pero no pago la música —dijo el fotógrafo.
         —Ah, no —dijo la abuela—. Eso no.
         —¿Ya ve? —dijo el fotógrafo—. Usted no quiere a nadie.
         La abuela palideció de rabia.
         —Entonces lárgate —dijo—. ¡Malnacido!
         Se sentía tan ultrajada, que siguió despotricando contra él mientras Eréndira la ayudaba a acostarse. “Hijo de mala madre”, rezongaba. “Qué sabrá ese bastardo del corazón ajeno”. Eréndira no le puso atención, pues la lechuza la solicitaba con un apremio tenaz en las pausas del viento, y estaba atormentada por la incertidumbre.
         La abuela acabó de acostarse con el mismo ritual que era de rigor en la mansión antigua, y mientras la nieta la abanicaba se sobrepuso al rencor y volvió a respirar sus aires estériles.
         —Tienes que madrugar —dijo entonces—, para que me hiervas la infusión del baño antes de que llegue la gente.
         —Sí, abuela.
         —Con el tiempo que te sobre, lava la muda sucia de los indios, y así tendremos algo más que descontarles la semana entrante.
         —Sí, abuela —dijo Eréndira.
         —Y duerme despacio para que no te canses, que mañana es jueves, el día más largo de la semana.
         —Sí, abuela.
         —Y le pones su alimento al avestruz.
         —Sí, abuela —dijo Eréndira.
         Dejó el abanico en la cabecera de la cama y encendió dos velas de altar frente al arcón de sus muertos. La abuela, ya dormida, le dio la orden atrasada.
         —No se te olvide prender las velas de los Amadises.
         —Sí, abuela.
         Eréndira sabía entonces que no despertaría, porque había empezado a delirar. Oyó los ladridos del viento alrededor de la carpa, pero tampoco esa vez había reco— nocído el soplo de su desgracia. Se asomó a la noche hasta que volvió a cantar la lechuza, y su instinto de libertad prevaleció por fin contra el hechizo de la abuela.
         No había dado cinco pasos fuera de la carpa cuando encontró al fotógrafo que estaba amarrando sus aparejos en la parrilla de la bicicleta. Su sonrisa cómplice la tranquilizó.
         —Yo no sé nada —dijo el fotógrafo—, no he visto nada ni pago la música.
         Se despidió con una bendición universal. Eréndira corrió entonces hacia el desierto, decidida para siempre, y se perdió en las tinieblas del viento donde cantaba la lechuza.
         Esa vez la abuela recurrló de inmediato a la autoridad civil. El comandante del retén local saltó del chinchorro a las seis de la mañana, cuando ella le puso ante los ojos la carta del senador. El padre de Ulises esperaba en la puerta.
         —Cómo carajo quiere que la lea —gritó el comandante— si no sé leer.
         —Es una carta de recomendación del senador Onésimo Sánchez —dijo la abuela.
         Sin más preguntas, el comandante descolgó un rifle que tenía cerca del chinchorro y empezó a gritar órdenes a sus agentes. Cinco minutos después estaban todos dentro de una camioneta militar, volando hacia la frontera, con un viento contrario que borraba las huellas de los fugitivos. En el asiento delantero, junto al conductor, viajaba el comandante. Detrás estaba el holandés con la abuela, y en cada estribo iba un agente armado.
         Muy cerca del pueblo detuvieron una caravana de camiones cubiertos con lona impermeable. Varios hombres que viajaban ocultos en la plataforma de carga levantaron la lona y apuntaron a la camioneta con ametralladoras y rifles de guerra. El comandante le preguntó al conductor del primer camión a qué distancia había encontrado una camioneta de granja cargada de pájaros.
         El conductor arrancó antes de contestar.
         —Nosotros no somos chivatos —dijo indignado—, somos contrabandistas.
         El comandante vio pasar muy cerca de sus ojos los cañones ahumados de las ametralladoras, alzó los brazos y sonrió.
         —Por lo menos —les gritó— tengan la vergüenza de no circular a pleno sol.
         El último camión llevaba un letrero en la defensa posterior: Pienso en ti Eréndira.
         El viento se iba haciendo más árido a medida que avanzaban hacia el Norte, y el sol era más bravo con el viento, y costaba trabajo respirar por el calor y el polvo dentro de la camioneta cerrada.
         La abuela fue la primera que divisó al fotógrafo: pedaleaba en el mismo sentido en que ellos volaban, sin más amparo contra la insolación que un pañuelo amarrado en la cabeza.
         —Ahí está —lo señaló— ése fue el cómplice. Malnacido.
         El comandante le ordenó a uno de los agentes del estribo que se hiciera cargo del fotógrafo.
         —Agárralo y nos esperas aquí —le dijo—. Ya volvemos.
         El agente saltó del estribo y le dio al fotógrafo dos voces de alto. El fotógrafo no lo oyó por el viento contrario. Cuando la camioneta se le adelantó, la abuela le hizo un gesto enigmático, pero él lo confundió con un saludo, sonrió, v le dijo adiós con la mano. No oyó el disparo. Dio una voltereta en el aire y cayó muerto sobre la bicicleta con la cabeza destrozada por una bala de rifle que nunca supo de dónde le vino.
         Antes del mediodía empezaron a ver las plumas. Pasaban en el viento, y eran plumas de pájaros nuevos, y el holandés las conoció porque eran las de sus pájaros desplomados por el viento. El conductor corrigió el rumbo, hundió a fondo el pedal, y antes de media hora divisaron la camioneta en el horizonte.
         Cuando Ulises vio aparecer el carro militar en el espejo retrovisor, hizo un esfuerzo por aumentar la distancia, pero el motor no daba para más. Habían viajado sin dormir y estaban estragados de cansancio de sed. Eréndira, que dormitaba en el hombro de Ulises, despertó asustada. Vio la camioneta que estaba a punto de alcanzarlos y con una determinación cándida cogió la pistola de la guantera.
         —No sirve —dijo Ulises—. Era de Francis Drake.
         La martilló varias veces y la tiró por la ventana. La patrulla militar se le adelantó a la destartalada camioneta cargada de pájaros desplomados por el viento, hizo una curva forzada, y le cerró el camino.


         Las conocí por esa época, que fue la de más grande esplendor, aunque no había de escudriñar los pormenores de su vida sino muchos años después, cuando Rafael Escalona reveló en una canción el desenlace terrible del drama y me pareció que era bueno para contarlo. Yo andaba vendiendo enciclopedias y libros de medicina por la provincia de Riohacha. Alvaro Cepeda Samudio, que andaba también por esos rumbos vendiendo máquinas de cerveza helada, me llevó en su camioneta por los pueblos del desierto con la intención de hablarme de no sé qué cosa, y hablamos tanto de nada y tomamos tanta cerveza que sin saber cuándo ni por dónde atravesamos el desierto entero y llegamos hasta la frontera. Allí estaba la carpa del amor errante, bajo los lienzos de letreros colgados: Eréndira es mejor Vaya y vuelva Eréndira lo espera Esto no es vida sin Eréndira. La fila interminable y ondulante, compuesta por hombres de razas y cones diversas, parecía una serpiente de vértebras humanas que dormitaba a través de solares y plazas, por entre bazares abigarrados y mercados ruidosos, y se salía de las calles de aquella ciudad fragoroso de traficantes de paso. Cada calle era un garito público, cada casa una cantina, cada puerta un refugio de prófugos. Las numerosas músicas indescifrables y los pregones gritados formaban un solo estruendo de pánico en el calor alucinante.
         Entre la muchedumbre de apátridas y vividores estaba Blacamán, el bueno, trepado en una mesa, pidiendo una culebra de verdad para probar en carne propia un antídoto de su invención. Estaba la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres, que por cincuenta centavos se dejaba tocar para que vieran que no había engaño y contestaba las preguntas que quisieran hacerle sobre su desventura. Estaba un enviado de la vida eterna que anunciaba la venida inminente del pavoroso murciélago sideral, cuyo ardiente resuello de azufre había de trastornar el orden de la naturaleza, y haría salir a flote los misterios del mar.
         El único remanso de sosiego era el barrio de tolerancia, a donde sólo llegaban los rescoldos del fragor urbano. Mujeres venidas de los cuatro cuadrantes de la rosa náutica bostezaban de tedio en los abandonados salones de baile. Habían hecho la siesta sentadas, sin que nadie las despertara para quererlas, y seguían esperando al murciélago sideral bajo los ventiladores de aspas atornilladas en el cielo raso. De pronto, una de ellas se levantó, y fue a una galería de trinitarias que daba sobre la calle. Por allí pasaba la fila de los pretendientes de Eréndira.
         —A ver —les gritó la mujer—. ¿Qué tiene ésa que no tenemos nosotras?
         —Una carta de un senador —gritó alguien.
         Atraídas por los gritos y las carcajadas, otras mujeres salieron a la galería.
         —Hace días que esa cola está así —dijo una de ellas—. Imagínate, a cincuenta pesos cada uno.
         La que había salido primero decidió:
         —Pues yo me voy a ver qué es lo que tiene de oro esa sietemesino.
         —Yo también —dijo otra—. Será mejor que estar aquí calentando gratis el asiento.
         En el camino, se incorporaron otras, y cuando llegaron a la tienda de Eréndira habían integrado una comparsa bulliciosa. Entraron sin anunciarse, espantaron a golpes de almohadas al hombre que encontraron gastándose lo mejor que podía el dinero que había pagado, y cargaron la cama de Eréndira y la sacaron en andas a la calle.
         —Esto es un atropello —gritaba la abuela—. ¡Cáfila de desleales! ¡Montoneras! —Y luego, contra los hombres de la fila—: y ustedes, pollerones, dónde tienen las criadillas que permiten este abuso contra una pobre criatura indefensa. ¡Maricas!
         Siguió gritando hasta donde le daba la voz, repartiendo tramojazos de báculo contra quienes se pusieran a su alcance, pero su cólera era inaudible entre los gritos y las rechiflas de burla de la muchedumbre.
         Eréndira no pudo escapar del escarnio porque se lo impidió la cadena de perro con que la abuela la encadenaba de un travesaño de la cama desde que trató de fugarse. Pero no le hicieron ningún daño. La mostraron en su altar de marquesina por las calles de más estrépito, como el paso alegórico de la penitente encadenada, y al final la pusieron en cámara ardiente en el centro de la plaza mayor. Eréndira estaba enroscada, con la cara escondida pero sin llorar, y así permaneció en el sol terrible de la plaza, mordiendo de vergüenza y de rabia la cadena de perro de su mal destino, hasta que alguien le hizo la caridad de taparla con una camisa.


Continuará

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