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martes, 22 de abril de 2014

LA INCREÍBLE Y TRISTE HISTORIA DE LA CÁNDIDA ERÉNDIRA Y DE SU ABUELA DESALMADA - 2/5

Gabriel García Márquez
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)
Autoras/es: Gabriel García Márquez
(Fecha original: 1972)
         
Ambas reconocieron, mucho antes de verlas, los pasos de dos mulas en la yesca del desierto. A una orden de la abuela, Eréndira se acostó en el petate como lo habría hecho una aprendiza de teatro en el momento en que iba a abrirse el telón. Apoyada en el báculo episcopal, la abuela abandonó el tenderete y se sentó en el trono a esperar el paso de las mulas.
         Se acercaba el hombre del correo. No tenía más de veinte años, aunque estaba envejecido por el oficio, y llevaba un vestido de caqui, polainas, casco de corcho, y una pistola de militar en el cinturón de cartucheras. Montaba una buena mula, y llevaba otra de cabestro, menos entera, sobre la cual se amontonaban los sacos de lienzo del correo.
         Al pasar frente a la abuela la saludó con la mano y siguió de largo. Pero ella le hizo una señal para que echara una mirada dentro del tenderete. El hombre se detuvo, y vio a Eréndira acostada en la estera con sus afeites póstumos y un traje de cenefas moradas.
         —¿Te gusta? —preguntó la abuela.
         El hombre del correo no comprendió hasta entonces lo que le estaban proponiendo.
         —En ayunas no está mal —sonrió.
         —Cincuenta pesos —dijo la abuela.
         —¡Hombre, lo tendrá de oro! —dijo él—. Eso es lo que me cuesta la comida de un mes.
         —No seas estreñido —dijo la abuela—. El correo aéreo tiene mejor sueldo que un cura.
         —Yo soy el correo nacional —dijo el hombre—. El correo aéreo es ése que anda en un camioncito.
         —De todos modos el amor es tan importante como la comida —dijo la abuela.
         —Pero no alimenta.
         La abuela comprendió que a un hombre que vivía de las esperanzas ajenas le sobraba demasiado tiempo para regatear.
         —¿Cuánto tienes? —le preguntó.
         El correo desmontó, sacó del bolsillo unos billetes masticados y se los mostró a la abuela. Ella los cogió todos juntos con una mano rapaz como si fueran una pelota.
         —Te lo rebajo —dijo— pero con una condición: haces correr la voz por todas partes.
         —Hasta el otro lado del mundo —dijo el hombre del correo—. Para eso sirvo.
         Eréndira, que no había podido parpadear, se quitó entonces las pestañas postizas y se hizo a un lado en la estera para dejarle espacio al novio casual. Tan pronto como él entró en el tenderete, la abuela cerró la entrada con un tirón enérgico de la cortina corrediza.
         Fue un trato eficaz. Cautivados por las voces del correo, vinieron hombres desde muy lejos a conocer la novedad de Eréndira. Detrás de los hombres vinieron mesas de lotería y puestos de comida, y detrás de todos vino un fotógrafo en bicicleta que instaló frente al campamento una cámara de caballete con manga de luto, y un telón de fondo con un lago de cisnes inválidos.
         La abuela, abanicándose en el trono, parecía ajena a su propia feria. Lo único que le interesaba era el orden en la fila de clientes que esperaban turno, y la exactitud del dinero que pagaban por adelantado para entrar con Eréndira. Al principio había sido tan severa que hasta llegó a rechazar un buen cliente porque le hicieron falta cinco pesos. Pero con el paso de los meses fue asimilando las lecciones de la realidad, y terminó por admitir que completaran el pago con medallas de santos, reliquias de familia, anillos matrimoniales, y todo cuanto fuera capaz de demostrar, mordiéndolo, que era oro de buena ley aunque no brillara.
         Al cabo de una larga estancia en aquel primer pueblo, la abuela tuvo suficiente dinero para comprar un burro, y se internó en el desierto en busca de otros lugares más propicios para cobrarse la deuda. Viajaba en unas angarillas que habían improvisado sobre el burro, y se protegía del sol inmóvil con el paraguas desvarillado que Eréndira sostenía sobre su cabeza. Detrás de ellas caminaban cuatro indios de carga con los pedazos del campamento: los petates de dormir, el trono restaurado, el ángel de alabastro y el baúl con los restos de los Amadises. El fotógrafo perseguía la caravana en su bicicleta, pero sin darle alcance, como si fuera para otra fiesta.
         Habían transcurrido seis meses desde el incendio cuando la abuela pudo tener una visión entera del negocio.
         —Si las cosas siguen así —le dijo a Eréndira— me habrás pagado la deuda dentro de ocho años, siete meses y once días.
         Volvió a repasar sus cálculos con los ojos cerrados, rumiando los granos que sacaba de una faltriquera de jareta donde tenía también el dinero, y precisó:
         —Claro que todo eso es sin contar el sueldo y la comida de los indios, y otros gastos menores.
         Eréndira, que caminaba al paso del burro agobiada por el calor y el polvo, no hizo ningún reproche a las cuentas de la abuela, pero tuvo que reprimirse para no llorar.
         —Tengo vidrio molido en los huesos —dijo.
         —Trata de dormir.
         —Sí, abuela.
         Cerró los ojos, respiró a fondo una bocanada de aire abrasante, y siguió caminando dormida.


         Una camioneta cargada de jaulas apareció espantando chivos entre la polvareda del horizonte, y el alboroto de los pájaros fue un chorro de agua fresca en el sopor dominical de San Miguel del Desierto. Al volante iba un corpulento granjero holandés con el pellejo astillado por la intemperie, y unos bigotes color de ardilla que había heredado de algún bisabuelo. Su hijo Ulises, que viajaba en el otro asiento, era un adolescente dorado, de ojos marítimos y solitarios, y con la identidad de un ángel furtivo. Al holandés le llamó la atención una tienda de campaña frente a la cual esperaban turno todos los soldados de la guarnición local. Estaban sentados en el suelo, bebiendo de una misma botella que se pasaban de boca en boca, y tenían ramas de almendros en la cabeza como si estuvieran emboscadas para un combate. El holandés preguntó en su lengua:
         —¿Qué diablos venderán ahí?
         —Una mujer —le contestó su hijo con toda naturalidad—. Se llama Eréndira.
         —¿Cómo lo sabes?
         —Todo el mundo lo sabe en el desierto —contestó Ulises.
         El holandés descendió en el hotelito del pueblo.
         Ulises se demoró en la camioneta, abrió con dedos ágiles una cartera de negocios que su padre había dejado en el asiento, sacó un mazo de billetes, se metió varios en los bolsillos, y volvió a dejar todo como estaba. Esa noche, mientras su padre dormía, se salió por la ventana del hotel y se fue a hacer la cola frente a la carpa de Eréndira.
         La fiesta estaba en su esplendor. Los reclutas borrachos bailaban solos para no desperdiciar la música gratis, y el fotógrafo tomaba retratos nocturnos con papeles de magnesio. Mientras controlaba el negocio, la abuela contaba billetes en el regazo, los repartía en gavillas iguales y los ordenaba dentro de un cesto. No había entonces más de doce soldados, pero la fila de la tarde había crecido con clientes civiles. Ulises era el último.
         El turno le correspondía a un soldado de ámbito lúgubre. La abuela no sólo le cerró el paso, sino que esquivó el contacto con su dinero.
         —No hijo —le dijo—, tú no entras ni por todo el oro del moro. Eres pavoso.
         El soldado, que no era de aquellas tierras, se sorprendió.
         —¿Qué es eso?
         —Que contagias la mala sombra —dijo la abuela—. No hay más que verte la cara.
         Lo apartó con la mano, pero sin tocarlo, y le dio paso al soldado siguiente.
         —Entra tú, dragoneante —le dijo de buen humor—. Y no te demores, que la patria te necesita.
         El soldado entró, pero volvió a salir inmediatamente, porque Eréndira quería hablar con la abuela. Ella se colgó del brazo el cesto de dinero y entró en la tienda de campaña, cuyo espacio era estrecho, pero ordenado y limpio. Al fondo, en una cama de lienzo, Eréndira no podía reprimir el temblor del cuerpo, estaba maltratada y sucia de sudor de soldados.
         —Abuela —sollozó—, me estoy muriendo.
         La abuela le tocó la frente, y al comprobar que no tenía fiebre, trató de consolarla.
         —Ya no faltan más de diez militares —dijo.
         Eréndira rompió a llorar con unos chillidos de animal azorado. La abuela supo entonces que había traspuesto los límites del horror, y acariciándole la cabeza la ayudó a calmarse.
         —Lo que pasa es que estás débil —le dijo—. Anda, no llores más, báñate con agua de salvia para que se te componga la sangre.
         Salió de la tienda cuando Eréndira empezó a serenarse, y le devolvió el dinero al soldado que esperaba. “Se acabó por hoy”, le dijo. “Vuelve mañana y te doy el primer lugar”. Luego gritó a los de la fila:
         —Se acabó, muchachos. Hasta mañana a las nueve.
         Soldados y civiles rompieron filas con gritos de protesta. La abuela se les enfrentó de buen talante pero blandiendo en serio el báculo devastador.
         —¡Desconsiderados! ¡Mampolones! —gritaba—. Qué se creen, que esa criatura es de fierro. Ya quisiera yo verlos en su situación. ¡Pervertidos! ¡Apátridas de mierda!
         Los hombres le replicaban con insultos más gruesos, pero ella terminó por dominar la revuelta y se mantuvo en guardia con el báculo hasta que se llevaron las mesas de fritanga y desmontaron los puestos de lotería. Se disponía a volver a la tienda cuando vio a Ulises de cuerpo entero, solo, en el espacio vacío y oscuro donde antes estuvo la fila de hombres. Tenía un aura irreal y parecía visible en la penumbra por el fulgor propio de su belleza.
         —Y tú —le dijo la abuela—, ¿dónde dejaste las alas?
         —El que las tenía era mi abuelo —contestó Ulises con su naturalidad—, pero nadie lo cree.
         La abuela volvió a examinarlo con una atención hechizada. “Pues yo sí lo creo”, dijo. “Tráelas puestas mañana”. Entró en la tienda y dejó a Ulises ardiendo en su sitio.
         Eréndira se sintió mejor después del baño. Se había puesto una combinación corta y bordada, y se estaba secando el pelo para acostarse, pero aún hacía esfuerzos por reprimir las lágrimas. La abuela dormía.
         Por detrás de la cama de Eréndira, muy despacio, Ulises asomó la cabeza. Ella vio los ojos ansiosos y diáfanos, pero antes de decir nada se frotó la cara con la toalla para probarse que no era una ilusión. Cuando Ulises parpadeó por primera vez, Eréndira le preguntó en voz muy baja:
         —Quién tú eres.
         Ulises se mostró hasta los hombros. “Me llamo Ulises”, dijo. Le enseñó los billetes robados y agregó:
         —Traigo la plata.
         Eréndira puso las manos sobre la cama, acercó su cara a la de Ulises, y siguió hablando con él como en un juego de escuela primaria.
         —Tenías que ponerte en la fila —le dijo.
         —Esperé toda la noche —dijo Ulises.
         —Pues ahora tienes que esperarte hasta mañana —dijo Eréndira—. Me siento como si me hubieran dado trancazos en los riñones.
         En ese instante la abuela empezó a hablar dormida.
         —Van a hacer veinte años que llovió la última vez —dijo—. Fue una tormenta tan terrible que la lluvia vino revuelta con agua de mar, y la casa amaneció llena de pescados y caracoles, y tu abuelo Amadís, que en paz descanse, vio una mantarrasa luminosa navegando por el aire.
         Ulises se volvió a esconder detrás de la cama. Eréndira hizo una sonrisa divertida.
         —Tate sosiego —le dijo—. Siempre se vuelve como loca cuando está dormida, pero no la despierta ni un temblor de tierra.
         Ulises se asomó de nuevo. Eréndira lo contempló con una sonrisa traviesa y hasta un poco cariñosa, y quitó de la estera la sábana usada.
         —Ven —le dijo—, ayúdame a cambiar la sábana.
         Entonces Ulises salió de detrás de la cama y cogió la sábana por un extremo. Como era una sábana mucho más grande que la estera se necesitaban varios tiempos para doblarla. Al final de cada doblez Ulises estaba más cerca de Eréndira.
         —Estaba loco por verte —dijo de pronto—. Todo el mundo dice que eres muy bella, y es verdad.
         —Pero me voy a morir —dijo Eréndira.
         —Mi mamá dice que los que se mueren en el desierto no van al cielo sino al mar —dijo Ulises.
         Eréndira puso aparte la sábana sucia y cubrió la estera con otra limpia y aplanchada.
         —No conozco el mar —dijo.
         —Es como el desierto, pero con agua —dijo Ulises.
         —Entonces no se puede caminar.
         —Mi papá conoció un hombre que sí podía —dijo Ulises— pero hace mucho tiempo.
         Eréndira estaba encantada pero quería dormir.
         —Si vienes mañana bien temprano te pones en el primer puesto —dijo.
         —Me voy con mi papá por la madrugada —dijo Ulises.
         —¿Y no vuelven a pasar por aquí?
         —Quién sabe cuándo —dijo Ulises—. Ahora pasamos por casualidad porque nos perdimos en el camino de la frontera.
         Eréndira miró pensativa a la abuela dormida.
         —Bueno —decidió—, dame la plata.
         Ulises se la dio. Eréndira se acostó en la cama, pero él se quedó trémulo en su sitio: en el instante decisivo su determinación había flaqueado. Eréndira le cogió de la mano para que se diera prisa, y sólo entonces advirtió su tribulación. Ella conocía ese miedo.
         —¿Es la primera vez? —le preguntó.
         Ulises no contestó, pero hizo una sonrisa desolada. Eréndira se volvió distinta.
         —Respira despacio —le dijo—. Así es siempre al principio, y después ni te das cuenta.
         Lo acostó a su lado, y mientras le quitaba la ropa lo fue apaciguando con recursos maternos.
         —¿Cómo es que te llamas?
         —Ulises.
         —Es nombre de gringo —dijo Eréndira.
         —No, de navegante.
         Eréndira le descubrió el pecho, le dio besitos huérfanos, lo olfateó.
         —Pareces todo de oro —dijo— pero hueles a flores.
         —Debe ser a naranjas —dijo Ulises.
         Ya más tranquilo, hizo una sonrisa de complicidad.
         —Andamos con muchos pájaros para despistar —agregó—, pero lo que llevamos a la frontera es un contrabando de naranjas.
         —Las naranjas no son contrabando —dijo Eréndira.
         —Estas sí —dijo Ulises—. Cada una cuesta cincuenta mil pesos.
         Eréndira se rió por primera vez en mucho tiempo.
         —Lo que más me gusta de ti —dijo— es la seriedad con que inventas los disparates.
         Se había vuelto espontánea y locuaz, como si la inocencia de Ulises le hubiera cambiado no sólo el humor, sino también la índole. La abuela, a tan escasa distancia de la fatalidad, siguió hablando dormida.
         —Por estos tiempos, a principios de marzo, te trajeron a la casa —dijo—. Parecías una lagartija envuelta en algodones. Amadís, tu padre, que era joven y guapo, estaba tan contento aquella tarde que mandó a buscar como veinte carretas cargadas de flores, y llegó gritando y tirando flores por la calle, hasta que todo el pueblo quedó dorado de flores como el mar.
         Deliró varias horas, a grandes voces, y con una pasión obstinada. Pero Ulises no la oyó, porque Eréndira lo había querido tanto, y con tanta verdad, que lo volvió a querer por la mitad de su precio mientras la abuela deliraba, y lo siguió queriendo sin dinero hasta el amanecer. Un grupo de misioneros con los crucifijos en alto se habían plantado hombro contra hombro en medio del desierto. Un viento tan bravo como el de la desgracia sacudía sus hábitos de cañamazo y sus barbas cerriles, y apenas les permitía tenerse en pie. Detrás de ellos estaba la casa de la misión,, un promontorio colonial con un campanario minúsculo sobre los muros ásperos y encalados.
         El misionero más joven, que comandaba el grupo, señaló con el índice una grieta natural en el suelo de arcilla vidriada.
         —No pasen esa raya —gritó.
         Los cuatro cargadores indios que transportaban a la abuela en un palanquín de tablas se detuvieron al oír el grito. Aunque iba mal sentada en el piso del palanquín y tenía el ánimo entorpecido por el polvo y el sudor del desierto, la abuela se mantenía en su altivez. Eréndira iba a pie. Detrás del palanquín había una fila de ocho indios de carga, y en último término el fotógrafo en la bicicleta.
span style="font-family: "Times New Roman","serif"; mso-ansi-language: ES-AR; mso-bidi-language: AR-SA; mso-fareast-font-family: "Times New Roman"; mso-fareast-language: ES-AR;">Continuará

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