En Pizarras y Pizarrones estamos desarrollando un trabajo de campo cuyo objetivo es analizar las preferencias en lecto-escritura de nuestros lectores, así como las nuevas formas de enseñanza y aprendizaje. Les pedimos su colaboración para completar una pequeña encuesta anónima que como máximo les insumirá 10 minutos. Les agradecemos su participación ingresando en el siguiente enlace:
Cierre el 31-05-17

viernes, 31 de enero de 2014

Cuentos de Andersen: La Reina de las Nieves 4/7 (bilingüe castellano-danés, historia en siete episodios)

Autoras/es: Hans Cristian Andersen
La Reina de las Nieves (Snedronningen) es un cuento de hadas escrito por Hans Christian Andersen. El cuento fue publicado por primera vez en el año 1845, y se centra en la lucha entre el bien y el mal vivida por dos niños, Kai y Gerda.
(Fecha original del cuento: 1845) 
CUARTO EPISODIO: El príncipe y la princesa

CUARTO EPISODIO
El príncipe y la princesa

Margarita no tuvo más remedio que tomarse otro descanso. Y he aquí que en medio de la nieve, en el sitio donde se había sentado, saltó una gran corneja que llevaba buen rato allí contemplando a la niña y bamboleando la cabeza. Finalmente, le dijo:
- ¡Crac, crac, buenos días, buenos días! -. No sabía decirlo mejor, pero sus intenciones eran buenas, y le preguntó adónde iba tan sola por aquellos mundos de Dios. Margarita comprendió muy bien la palabra "sola" y el sentido que encerraba. Contó, pues, a la corneja toda su historia y luego le preguntó si había visto a Carlos.
La corneja hizo un gesto significativo con la cabeza y respondió:
- ¡A lo mejor!
- ¿Cómo? ¿Crees que lo has visto? -exclamó la niña, besando al ave tan fuertemente que por poco la ahoga.
- ¡Cuidado, cuidado! -protestó la corneja-. Me parece que era Carlitos. Sin embargo, te ha olvidado por la princesa.
- ¿Vive con una princesa? -preguntó Margarita.
- Sí, escucha -dijo la corneja-; pero me resulta difícil hablar tu lengua. Si entendieses la nuestra, te lo podría contar mejor.
- Lo siento, pero no la sé -respondió Margarita-. Mi abuelita sí la entendía, y también la lengua de las pes -. ¡Qué lástima, que yo no la aprendiera!
- No importa -contestó la corneja-. Te lo contaré lo mejor que sepa; claro que resultará muy deficiente -. Y le explicó lo que sabía.
- En este reino en que nos encontramos, vive una princesa de lo más inteligente; tanto, que se ha leído todos los periódicos del mundo, y los ha vuelto a olvidar. Ya ves si es lista. Uno de estos días estaba sentada en el trono - lo cual no es muy divertido, según dicen -; el hecho es que se puso a canturrear una canción que decía así: "¿Y si me buscara un marido?." - "Oye, eso merece ser meditado," pensó, y tomó la resolución de casarse. Pero quería un marido que supiera responder cuando ella le hablara; un marido que no se limitase a permanecer plantado y lucir su distinción; esto era muy aburrido. Convocó entonces a todas las damas de la Corte, y cuando ellas oyeron lo que la Reina deseaba, se pusieron muy contentas. "¡Esto me gusta! -exclamaron todas-; hace unos días que yo pensaba también en lo mismo." Te advierto que todo lo que digo es verdad -observó la corneja-. Lo sé por mi novia, que tiene libre entrada en palacio; está domesticada.
La novia era otra corneja, claro está. Pues una corneja busca siempre a una semejante y, naturalmente, es siempre otra corneja.
- Los periódicos aparecieron enseguida con el monograma de la princesa dentro de una orla de corazones. Podía leerse en ellos que todo joven de buen parecer estaba autorizado a presentarse en palacio y hablar con la princesa; el que hablase con desenvoltura y sin sentirse intimidado, y desplegase la mayor elocuencia, sería elegido por la princesa como esposo. Puedes creerme -insistió la corneja-, es verdad, tan verdad como que estoy ahora aquí. Acudió una multitud de hombres, todo eran aglomeraciones y carreras, pero nada salió de ello, ni el primer día ni el segundo. Todos hablaban bien mientras estaban en la calle; pero en cuanto franqueaban la puerta de palacio y veían los centinelas en uniforme plateado y los criados con librea de oro en las escaleras, y los grandes salones iluminados, perdían la cabeza. Y cuando se presentaban ante el trono ocupado por la princesa, no sabían hacer otra cosa que repetir la última palabra que ella dijera, y esto a la princesa no le interesaba ni pizca. Era como si al llegar al salón del trono se les hubiese metido rapé en el estómago y hubiesen quedado aletargados, no despertando hasta encontrarse nuevamente en la calle; entonces recobraban el uso de la palabra. Y había una enorme cola que llegaba desde el palacio hasta la puerta de la ciudad. Yo estaba también, como espectadora. Y pasaban hambre y sed, pero en el palacio no se les servía ni un vaso de agua. Algunos, más listos, se habían traído bocadillos, pero no creas que los compartieran con el vecino. Pensaban: "Mejor que tenga cara de hambriento, así no lo querrá la princesa."
- Pero, ¿y Carlos, y Carlitos? -preguntó Margarita-. ¿Cuándo llegó? ¿Estaba entre la multitud?
- Espera, espera, ya saldrá Carlitos. El tercer día se presentó un personajito, sin caballo ni coche, pero muy alegre. Sus ojos brillaban como los tuyos, tenía un cabello largo y hermoso, pero vestía pobremente.
- ¡Era Carlos! -exclamó Margarita, alborozada-. ¡Oh, lo he encontrado! -y dio una palmada.
- Llevaba un pequeño morral a la espalda -prosiguió la corneja. - No, debía de ser su trineo -replicó Margarita-, pues se marchó con el trineo.
- Es muy posible -admitió la corneja-, no me fijé bien; pero lo que sí sé, por mi novia domesticada, es que el tal individuo, al llegar a la puerta de palacio y ver la guardia en uniforme de plata y a los criados de la escalera en librea dorada, no se turbó lo más mínimo, sino que, saludándoles con un gesto de la cabeza, dijo: "Debe ser pesado estarse en la escalera; yo prefiero entrar." Los salones eran un ascua de luz; los consejeros privados y de Estado andaban descalzos llevando fuentes de oro. Todo era solemne y majestuoso. Los zapatos del recién llegado crujían ruidosamente, pero él no se inmutó.
- ¡Es Carlos, sin duda alguna! -repitió Margarita-. Sé que llevaba zapatos nuevos. Oí crujir sus suelas en casa de abuelita.
- ¡Ya lo creo que crujían! -prosiguió la corneja-, y nuestro hombre se presentó alegremente ante la princesa, la cual estaba sentada sobre una gran perla, del tamaño de un torno de hilar. Todas las damas de la Corte, con sus doncellas y las doncellas de las doncellas, y todos los caballeros con sus criados y los criados de los criados, que a su vez tenían asistente, estaban colocados en semicírculo; y cuanto más cerca de la puerta, más orgullosos parecían. Al asistente del criado del criado, que va siempre en zapatillas, uno casi no se atreve a mirarlo; tal es la altivez con que se está junto a la puerta.
- ¡Debe ser terrible -exclamó Margarita-. ¿Y vas a decirme que Carlos se casó con la princesa?
- De no haber sido yo corneja me habría quedado con ella, y esto que estoy prometido. Parece que él habló tan bien como lo hago yo cuando hablo en mi lengua; así me lo ha dicho mi novia domesticada. Era audaz y atractivo. No se había presentado para conquistar a la princesa, sino sólo para escuchar su conversación. Y la princesa le gustó, y ella, por su parte, quedó muy satisfecha de él.
- Sí, seguro que era Carlos -dijo Margarita-. ¡Siempre ha sido tan inteligente! Fíjate que sabía calcular de memoria con quebrados. ¡Oh, por favor, llévame al palacio!
- ¡Niña, qué pronto lo dices! -replicó la corneja-. Tendré que consultarlo con mi novia domesticada; seguramente podrá aconsejarnos, pues de una cosa estoy seguro: que jamás una chiquilla como tú será autorizada a entrar en palacio por los procedimientos reglamentarios.
- ¡Sí, me darán permiso! -afirmó Margarita-. Cuando Carlos sepa que soy yo, saldrá enseguida a buscarme.
- Aguárdame en aquella cuesta -dijo la corneja, y, saludándola con un movimiento de la cabeza, se alejó volando.
Cuando regresó, anochecía ya.
-¡Rah! ¡rah! -gritó-. Ella me ha encargado que te salude, y ahí va un panecillo que sacó de la cocina. Allí hay mucho pan, y tú debes de estar hambrienta. No es posible que entres en el palacio; vas descalza; los centinelas en uniforme de plata y los criados en librea de oro no te lo permitirán. Pero no llores, de un modo u otro te introducirás. Mi novia conoce una escalerita trasera que conduce al dormitorio, y sabe dónde hacerse con las llaves.
Se fueron al jardín, a la gran avenida donde las hojas caían sin parar; y cuando en el palacio se hubieron apagado todas las luces una tras otra, la corneja condujo a Margarita a una puerta trasera que estaba entornada.
¡Oh, cómo le palpitaba a la niña el corazón, de angustia y de anhelo! Le parecía como si fuera a cometer una mala acción, y, sin embargo, sólo quería saber si Carlos estaba allí. Que estaba, era casi seguro; y en su imaginación veía sus ojos inteligentes, su largo cabello; lo veía sonreír cómo antes, cuando se reunían en casa entre las rosas. Sin duda estaría contento de verla, de enterarse del largo camino que había recorrido en su busca; de saber la aflicción de todos los suyos al no regresar él. ¡Oh, qué miedo, y, a la vez, qué contento!
Llegaron a la escalera, iluminada por una lamparilla colocada sobre un armario. En el suelo esperaba la corneja domesticada, volviendo la cabeza en todas direcciones. Miró a Margarita, que la saludó con una inclinación, tal como le enseñara la abuelita.
- Mi prometido me ha hablado muy bien de usted, señorita -dijo la corneja domesticada-. Su biografía, como vulgarmente se dice, o sea, la historia de su vida, es, por otra parte, muy conmovedora. Haga el favor de coger la lámpara, y yo guiaré. Lo mejor es ir directamente por aquí, así no encontraremos a nadie.
- Tengo la impresión de que alguien nos sigue - exclamó Margarita; en efecto, algo pasó con un silbido; eran como sombras que se deslizaban por la pared, caballos de flotantes melenas y delgadas patas, cazadores, caballeros y damas cabalgando.
- Son sueños nada más -dijo la corneja-. Vienen a buscar los pensamientos de Su Alteza para llevárselos de caza. Tanto mejor, así podrá usted contemplarla a sus anchas en la cama. Pero confío en que, si es usted elevada a una condición honorífica y distinguida, dará pruebas de ser agradecida.
- No hablemos ahora de eso -intervino la corneja del bosque.
Llegaron al primer salón, tapizado de color de rosa, con hermosas flores en las paredes. Pasaban allí los sueños rumoreando, pero tan vertiginosos, que Margarita no pudo ver a los nobles personajes. Cada salón superaba al anterior en magnificencia; era para perder la cabeza. Al fin llegaron al dormitorio, cuyo techo parecía una gran palmera con hojas de cristal, pero cristal precioso; en el centro, de un grueso tallo de oro, colgaban dos camas, cada una semejante a un lirio. En la primera, blanca, dormía la princesa; en la otra, roja, Margarita debía buscar a Carlos. Separó una de las hojas encarnadas y vio un cuello moreno. ¡Era Carlos! Pronunció su nombre en voz alta, acercando la lámpara - los sueños volvieron a pasar veloces por la habitación -, él se despertó, volvió la cabeza y... ¡no era Carlos!
El príncipe se le parecía sólo por el pescuezo, pero era joven y guapo. La princesa, parpadeando por entre la blanca hoja de lirio, preguntó qué ocurría. Margarita rompió a llorar y le contó toda su historia y lo que por ella habían hecho las cornejas.
- ¡Pobre pequeña! -exclamaron los príncipes; elogiaron a las cornejas y dijeron que no estaban enfadados, aunque aquello no debía repetirse. Por lo demás, recibirían una recompensa.
¿Preferís marcharos libremente -preguntó la princesa- o quedaros en palacio en calidad de cornejas de Corte, con derecho a todos los desperdicios de la cocina?
Las dos cornejas se inclinaron respetuosamente y manifestaron que optaban por el empleo fijo, pues pensaban en la vejez y en que sería muy agradable contar con algo positivo para cuando aquélla llegase.
El príncipe se levantó de la cama y la cedió a Margarita; realmente no podía hacer más. Ella cruzó las manos, pensando: "¡Qué buenas son las personas y los animales, después de todo!," y cerrando los ojos, se quedó dormida. Acudieron de nuevo todos los sueños, y creyó ver angelitos de Dios que guiaban un trineo en el que viajaba Carlos, el cual la saludaba con la cabeza. Pero todo aquello fue un sueño, y se desvaneció en el momento de despertarse.
Al día siguiente la vistieron de seda y terciopelo de pies a cabeza. La invitaron a quedarse en palacio, donde lo pasaría muy bien; pero ella pidió sólo un cochecito con un caballo y un par de zapatitos, para seguir corriendo el mundo en busca de Carlos.
Le dieron zapatos y un manguito y la vistieron primorosamente, y cuando se dispuso a partir, había en la puerta una carroza nueva de oro puro; los escudos del príncipe y de la princesa brillaban en ella como estrellas. El cochero, criados y postillones - pues no faltaban tampoco los postillones -, llevaban sendas coronas de oro. Los príncipes en persona la ayudaron a subir al coche y le desearon toda clase de venturas. La corneja silvestre, que ya se había casado, la acompañó un trecho de tres millas, posada a su lado, pues no podía soportar ir de espaldas. La otra corneja se quedó en la puerta batiendo de alas; no siguió porque desde que contaba con un empleo fijo, sufría de dolores de cabeza, pues comía con exceso. El interior del coche estaba acolchado con cosquillas de azúcar, y en el asiento había fruta y mazapán.
- ¡Adiós, adiós! -gritaron el príncipe y la princesa; y Margarita lloraba, y lloraba también la corneja-. Al cabo de unas millas se despidió también ésta, y resultó muy dura aquella despedida. Subióse volando a un árbol, y permaneció en él agitando las negras alas hasta que desapareció el coche, que relucía como el sol.

FJERDE HISTORIE.
Prins og prinsesse
.

Gerda måtte igen hvile sig; da hoppede der på sneen, lige over for hvor hun sad, en stor krage, den havde længe siddet, set på hende og vrikket med hovedet; nu sagde den: "Kra! kra! - go' da'! go' da'!" Bedre kunne den ikke sige det, men den mente det så godt med den lille pige og spurgte, hvorhen hun gik så alene ude i den vide verden. Det ord: alene forstod Gerda meget godt og følte ret, hvor meget der lå deri, og så fortalte hun kragen sit hele liv og levned og spurgte, om den ikke havde set Kay.

Og kragen nikkede ganske betænksomt og sagde: "Det kunne være! det kunne være!"

"Hvad, tror du!" råbte den lille pige og havde nær klemt kragen ihjel, således kyssede hun den.

"Fornuftig, fornuftig!" sagde kragen. "Jeg tror, jeg ved, - jeg tror, det kan være den lille Kay! men nu har han vist glemt dig for prinsessen!"

"Bor han hos en prinsesse?" spurgte Gerda.

"Ja hør!" sagde kragen, "men jeg har så svært ved at tale dit sprog. Forstår du kragemål så skal jeg bedre fortælle!"

"Nej, det har jeg ikke lært!" sagde Gerda, "men bedstemoder kunne det, og p-mål kunne hun. Bare jeg havde lært det!"

"Gør ikke noget!" sagde kragen, "jeg skal fortælle, så godt jeg kan, men dårligt bliver det alligevel," og så fortalte den, hvad den vidste.

"I dette kongerige, hvor vi nu sidder, bor en prinsesse, der er så uhyre klog, men hun har også læst alle aviser, der er til i verden, og glemt dem igen, så klog er hun. Forleden sidder hun på tronen, og det er ikke så morsomt endda, siger man, da kommer hun til at nynne en vise, det var netop den: 'Hvorfor skulle jeg ikke gifte mig!' 'Hør, det er der noget i,' siger hun, og så ville hun gifte sig, men hun ville have en mand, der forstod at svare, når man talte til ham, en der ikke stod og kun så fornem ud, for det er så kedeligt. Nu lod hun alle hofdamerne tromme sammen, og da de hørte, hvad hun ville, blev de så fornøjede, 'det kan jeg godt lide!' sagde de, 'sådant noget tænkte jeg også på forleden!' - Du kan tro, at det er sandt hvert ord jeg siger!" sagde kragen. "Jeg har en tam kæreste, der går frit om på slottet, og hun har fortalt mig alt!"

Det var naturligvis også en krage hans kæreste, for krage søger mage, og det er altid en krage.

"Aviserne kom straks ud med en kant af hjerter og prinsessens navnetræk; man kunne læse sig til, at det stod enhver ung mand, der så godt ud, frit for at komme op på slottet og tale med prinsessen, og den, som talte, så at man kunne høre han var hjemme der, og talte bedst, ham ville prinsessen tage til mand! - Ja, ja!" sagde kragen, "du kan tro mig, det er så vist, som jeg sidder her, folk strømmede til, der var en trængsel og en løben, men det lykkedes ikke, hverken den første eller anden dag. De kunne alle sammen godt tale, når de var ude på gaden, men når de kom ind af slotsporten og så garden i sølv, og op ad trapperne lakajerne i guld og de store oplyste sale, så blev de forbløffet; og stod de foran tronen, hvor prinsessen sad, så vidste de ikke at sige uden det sidste ord, hun havde sagt, og det brød hun sig ikke om at høre igen. Det var ligesom om folk derinde havde fået snustobak på maven og var faldet i dvale, indtil de kom ud på gaden igen, ja, så kunne de snakke. Der stod en række lige fra byens port til slottet. Jeg var selv inde at se det!" sagde kragen. "De blev både sultne og tørstige, men fra slottet fik de ikke engang så meget, som et glas lunket vand. Vel havde nogle af de klogeste taget smørrebrød med, men de delte ikke med deres nabo, de tænkte, som så: Lad ham kun se sulten ud, så tager prinsessen ham ikke!"

"Men Kay, lille Kay!" spurgte Gerda. "Når kom han? Var han mellem de mange?"

"Giv tid! giv tid! nu er vi lige ved ham! det var den tredje dag, da kom der en lille person, uden hest eller vogn, ganske frejdig marcherende lige op til slottet; hans øjne skinnede som dine, han havde dejlige lange hår, men ellers fattige klæder!"

"Det var Kay!" jublede Gerda. "Oh, så har jeg fundet ham!" og hun klappede i hænderne.

"Han havde en lille ransel på ryggen!" sagde kragen.

"Nej, det var vist hans slæde!" sagde Gerda, "for med slæden gik han bort!"

"Det kan gerne være!" sagde kragen, "jeg så ikke så nøje til! men det ved jeg af min tamme kæreste, at da han kom ind af slotsporten og så livgarden i sølv og opad trappen lakajerne i guld, blev han ikke det bitterste forknyt, han nikkede og sagde til dem: "Det må være kedeligt at stå på trappen, jeg går hellere indenfor!" Der skinnede salene med lys; gehejmeråder og excellencer gik på bare fødder og bar guldfade; man kunne nok blive højtidelig! hans støvler knirkede så frygtelig stærkt, men han blev dog ikke bange!"

"Det er ganske vist Kay!" sagde Gerda, "jeg ved, han havde nye støvler, jeg har hørt dem knirke i bedstemoders stue!"

"Ja knirke gjorde de!" sagde kragen, "og frejdig gik han lige ind for prinsessen, der sad på en perle, så stor som et rokkehjul; og alle hofdamerne med deres piger og pigers piger, og alle kavalererne med deres tjenere og tjeneres tjenere, der holder dreng, stod opstillet rundt om; og jo nærmere de stod ved døren, jo stoltere så de ud. Tjenernes tjeneres dreng, der altid går i tøfler, er næsten ikke til at se på, så stolt står han i døren!"

"Det må være grueligt!" sagde den lille Gerda. "Og Kay har dog fået prinsessen!"

"Havde jeg ikke været en krage, så havde jeg taget hende, og det uagtet jeg er forlovet. Han skal have talt lige så godt, som jeg taler, når jeg taler kragemål, det har jeg fra min tamme kæreste. Han var frejdig og nydelig; han var slet ikke kommet for at fri, bare alene kommet for at høre prinsessens klogskab, og den fandt han god, og hun fandt ham god igen!"

"Ja, vist! det var Kay!" sagde Gerda, "han var så klog, han kunne hovedregning med brøk! - Oh, vil du ikke føre mig ind på slottet!"

"Ja, det er let sagt!" sagde kragen. "Men hvorledes gør vi det? Jeg skal tale derom med min tamme kæreste; hun kan vel råde os; thi det må jeg sige dig, sådan en lille pige, som du, får aldrig lov at komme ordentlig ind!"

"Jo, det gør jeg!" sagde Gerda. "Når Kay hører jeg er her, kommer han straks ud og henter mig!"

"Vent mig ved stenten der!" sagde kragen, vrikkede med hovedet og fløj bort.

Først da det var mørk aften kom kragen igen tilbage: "Rar! rar!" sagde den. "Jeg skal hilse dig fra hende mange gange! og her er et lille brød til dig, det tog hun i køknet, der er brød nok og du er vist sulten! - Det er ikke muligt, at du kan komme ind på slottet, du har jo bare fødder; garden i sølv og lakajerne i guld vil ikke tillade det; men græd ikke, du skal dog nok komme derop. Min kæreste ved en lille bagtrappe, som fører til sovekamret, og hun ved, hvor hun skal tage nøglen!"

Og de gik ind i haven, i den store allé, hvor det ene blad faldt efter det andet, og da på slottet lysene slukkedes, det ene efter det andet, førte kragen lille Gerda hen til en bagdør, der stod på klem.

Oh, hvor Gerdas hjerte bankede af angst og længsel! det var ligesom om hun skulle gøre noget ondt, og hun ville jo kun have at vide, om det var lille Kay; jo, det måtte være ham; hun tænkte så levende på hans kloge øjne, hans lange hår; hun kunne ordentlig se, hvorledes han smilede, som da de sad hjemme under roserne. Han ville vist blive glad ved at se hende, høre hvilken lang vej, hun havde gået for hans skyld, vide, hvor bedrøvet de alle hjemme havde været, da han ikke kom igen. Oh, det var en frygt og en glæde.

Nu var de på trappen; der brændte en lille lampe på et skab; midt på gulvet stod den tamme krage og drejede hovedet til alle sider og betragtede Gerda, der nejede, som bedstemoder havde lært hende.

"Min forlovede har talt så smukt om Dem, min lille frøken," sagde den tamme krage, "Deres vita, som man kalder det, er også meget rørende! - Vil De tage lampen, så skal jeg gå foran. Vi går her den lige vej, for der træffer vi ingen!"

"Jeg synes her kommer nogen lige bagefter!" sagde Gerda, og det susede forbi hende; det var ligesom skygger hen ad væggen, heste med flagrende manker og tynde ben, jægerdrenge, herrer og damer til hest.

"Det er kun drømmene!" sagde kragen, "de kommer og henter det høje herskabs tanker til jagt, godt er det, så kan De bedre betragte dem i sengen. Men lad mig se, kommer De til ære og værdighed, at De da viser et taknemmeligt hjerte!"

"Det er jo ikke noget at snakke om!" sagde kragen fra skoven.

Nu kom de ind i den første sal, den var af rosenrødt atlask med kunstige blomster opad væggen; her susede dem allerede drømmene forbi, men de fór så hurtigt, at Gerda ikke fik set det høje herskab. Den ene sal blev prægtigere end den anden; jo man kunne nok blive forbløffet, og nu var de i sovekamret. Loftet herinde lignede en stor palme med blade af glas, kostbart glas, og midt på gulvet hang i en tyk stilk af guld to senge, der hver så ud som liljer: Den ene var hvid, i den lå prinsessen; den anden var rød, og i den var det at Gerda skulle søge lille Kay; hun bøjede et af de røde blade til side og da så hun en brun nakke. - Oh, det var Kay! - Hun råbte ganske højt hans navn, holdt lampen hen til ham - drømmene susede til hest ind i stuen igen - han vågnede, drejede hovedet og – – det var ikke den lille Kay.

Prinsen lignede ham kun på nakken, men ung og smuk var han. Og fra den hvide liljeseng tittede prinsessen ud, og spurgte hvad det var. Da græd den lille Gerda og fortalte hele sin historie og alt, hvad kragerne havde gjort for hende.

"Din lille stakkel!" sagde prinsen og prinsessen, og de roste kragerne og sagde, at de var slet ikke vrede på dem, men de skulle dog ikke gøre det oftere. Imidlertid skulle de have en belønning.

"Vil I flyve frit?" spurgte prinsessen, "eller vil I have fast ansættelse som hofkrager med alt, hvad der falder af i køknet?"

Og begge kragerne nejede og bad om fast ansættelse; for de tænkte på deres alderdom og sagde, "det var så godt at have noget for den gamle mand," som de kalder det.

Og prinsen stod op af sin seng og lod Gerda sove i den, og mere kunne han ikke gøre. Hun foldede sine små hænder og tænkte: "Hvor dog mennesker og dyr er gode," og så lukkede hun sine øjne og sov så velsignet. Alle drømmene kom igen flyvende ind, og da så de ud som Guds engle, og de trak en lille slæde, og på den sad Kay og nikkede; men det hele var kun drømmeri, og derfor var det også borte igen, så snart hun vågnede.

Næste dag blev hun klædt på fra top til tå i silke og fløjl; hun fik tilbud at blive på slottet og have gode dage, men hun bad alene om at få en lille vogn med en hest for og et par små støvler, så ville hun igen køre ud i den vide verden og finde Kay.

Og hun fik både støvler og muffe; hun blev så nydeligt klædt på, og da hun ville af sted, holdt ved døren en ny karet af purt guld; prinsens og prinsessens våben lyste fra den som en stjerne; kusk, tjenere og forridere, for der var også forridere, sad klædt i guldkroner. Prinsen og prinsessen hjalp hende selv i vognen og ønskede hende al lykke. Skovkragen, der nu var blevet gift, fulgte med de første tre mil; den sad ved siden af hende, for den kunne ikke tåle at køre baglæns; den anden krage stod i porten og slog med vingerne, den fulgte ikke med, thi den led af hovedpine, siden den havde fået fast ansættelse og for meget at spise. Indeni var kareten foret med sukkerkringler, og i sædet var frugter og pebernødder.

"Farvel! farvel!" råbte prins og prinsesse, og lille Gerda græd, og kragen græd; - således gik de første mil; da sagde også kragen farvel, og det var den tungeste afsked; den fløj op i et træ og slog med sine sorte vinger, så længe den kunne se vognen, der strålede, som det klare solskin.


  Nota: agradeceríamos infinitamente sus comentarios al contenido del cuento y/o a su traducción.

No hay comentarios: