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lunes, 27 de enero de 2014

Cuentos de Andersen: La Reina de las Nieves 3/7 (bilingüe castellano-danés, historia en siete episodios)

Autoras/es: Hans Cristian Andersen
La Reina de las Nieves (Snedronningen) es un cuento de hadas escrito por Hans Christian Andersen. El cuento fue publicado por primera vez en el año 1845, y se centra en la lucha entre el bien y el mal vivida por dos niños, Kai y Gerda.
(Fecha original del cuento: 1845) 
TERCER EPISODIO: El jardín de la hechicera
TERCER EPISODIO
El jardín de la hechicera

Pero, ¿qué hacía Margarita, al ver que Carlos no regresaba? ¿Dónde estaría el niño? Nadie lo sabía, nadie pudo darle noticias. Los chicos de la calle contaban que lo habían visto atar su trineo a otro muy grande y hermoso que entró en la calle, y salió por la puerta de la ciudad. Todos ignoraban su paradero; corrieron muchas lágrimas, y también Margarita lloró copiosa y largamente. Después la gente dijo que había muerto, que se habría ahogado en el río que pasaba por las afueras de la ciudad.
¡Ah, qué días de invierno más largos y tristes! Y llegó la primavera, con su sol confortador.
- Carlos murió; ya no lo tengo -dijo la pequeña Margarita.
- No lo creo -respondió el sol.
- Está muerto y ha desaparecido -dijo la niña a las golondrinas.
- ¡No lo creemos! -replicaron éstas; y al fin la propia Margarita llegó a no creerlo tampoco.
- Me pondré los zapatos colorados nuevos -dijo un día-. Los que Carlos no ha visto aún, y bajaré al río a preguntar por él.
Era aún muy temprano. Dio un beso a su abuelita, que dormía, y, calzándose los zapatos rojos, salió sola de la ciudad, en dirección al río.
- ¿Es cierto que me robaste a mi compañero de juego? Te daré mis zapatos nuevos si me lo devuelves.
Y le pareció como si las ondas le hiciesen unas señas raras. Se quitó los zapatos rojos, que le gustaban con delirio, y los arrojó al río; pero cayeron junto a la orilla, y las leves ondas los devolvieron a tierra. Habríase dicho que el río no aceptaba la prenda que ella más quería, porque Carlos no estaba en él. Pero Margarita, pensando que no había echado los zapatos lo bastante lejos, subióse a un bote que flotaba entre los juncos y, avanzando hasta su extremo, arrojó nuevamente los zapatos al agua. Pero resultó que el bote no estaba amarrado y, con el movimiento producido por la niña, se alejó de la orilla. Al darse cuenta la niña, quiso saltar a tierra, pero antes que pudiera llegar a popa, la embarcación se había separado ya cosa de una vara de la ribera y seguía alejándose a velocidad creciente.
Margarita, en extremo asustada, rompió a llorar, pero nadie la oyó aparte los gorriones, los cuales, no pudiendo llevarla a tierra, se echaron a volar a lo largo de la orilla, piando como para consolarla: "¡Estamos aquí, estamos aquí!." El bote avanzaba, arrastrado por la corriente, y Margarita permanecía descalza y silenciosa; los zapatitos rojos flotaban en pos de la barca, sin poder alcanzarla, pues ésta navegaba a mayor velocidad.
Las dos orillas eran muy hermosas, con lindas flores, viejos árboles y laderas en las que pacían ovejas y vacas; pero no se veía ni un ser humano.
"Acaso el río me conduzca hasta Carlitos," pensó Margarita, y aquella idea le devolvió la alegría. Se puso en pie y estuvo muchas horas contemplando la hermosa ribera verde, hasta que llegó frente a un gran jardín plantado de cerezos, en el que se alzaba una casita con extrañas ventanas de color rojo y azul. Por lo demás, tenía el tejado de paja, y fuera había dos soldados de madera, con el fusil al hombro.
Margarita los llamó, creyendo que eran de verdad; pero como es natural, no respondieron; se acercó mucho a ellos, pues el río impelía el bote hacia la orilla.
La niña volvió a llamar más fuerte, y entonces salió de la casa una mujer muy vieja, muy vieja, que se apoyaba en una muletilla; llevaba, para protegerse del sol, un gran sombrero pintado de bellísimas flores.
- ¡Pobre pequeña! -dijo la vieja-. ¿Cómo viniste a parar a este río caudaloso y rápido que te ha arrastrado tan lejos? -. Y, entrando en el agua, la mujer sujetó el bote con su muletilla, tiró de él hacia tierra y ayudó a Margarita a desembarcar.
Se alegró la niña de volver a pisar tierra firme, aunque la vieja no dejaba de inspirarle cierto temor.
- Ven y cuéntame quién eres y cómo has venido a parar aquí -dijo la mujer.
Margarita se lo explicó todo, mientras la mujer no cesaba de menear la cabeza diciendo: "¡Hm, hm!." Y cuando la niña hubo terminado y preguntado a la vieja si por casualidad había visto a Carlitos, respondió ésta que no había pasado por allí, pero que seguramente vendría. No debía afligirse y sí, en cambio, probar las cerezas, y contemplar sus flores, que eran más hermosas que todos los libros de estampas, y además cada una sabía un cuento. Tomó a Margarita de la mano y entró con ella en la casa, cerrando la puerta tras de sí.
Las ventanas eran muy altas, y los cristales, de colores: rojo, azul y amarillo, por lo que la luz del día resultaba muy extraña. Sobre la mesa había un plato de exquisitas cerezas, y Margarita comió todas las que le vinieron en gana, con permiso de la dueña. Mientras comía, la vieja la peinaba con un peine de oro, y el pelo se le iba ensortijando y formando un precioso marco dorado para su carita cariñosa, redonda y rosada.
- ¡Siempre he suspirado por tener una niña bonita como tú -dijo la vieja-. ¡Ya verás qué bien lo pasamos las dos juntas! -. Y mientras seguía peinando el cabello de Margarita, ésta iba olvidándose de su amiguito Carlos, pues la vieja poseía el arte de hechicería, aunque no fuera una bruja perversa. Practicaba su don sólo para satisfacer algún antojo, y le habría gustado quedarse con Margarita. Por eso salió a la rosaleda y, extendiendo la muletilla hacia todos los rosales, magníficamente floridos, hizo que todos desaparecieran bajo la negra tierra, sin dejar señal ni rastro. Temía la mujer que Margarita, al ver las rosas, se acordase de las suyas y de Carlitos y escapase.
Entonces condujo a la niña al jardín. ¡Dios santo! ¡Qué fragancia y esplendor! Crecían allí todas las flores imaginables; las propias de todas las estaciones aparecían abiertas y magníficas; ningún libro de estampas podía comparársele. Margarita se puso a saltar de alegría y estuvo jugando hasta que el sol se ocultó tras los altos cerezos. Entonces fue conducida a una bonita cama, con almohada de seda roja llena de pétalos de violetas, y se durmió y soñó cosas como sólo las sueña una reina el día de su boda.
Al día siguiente volvió a jugar al sol con las flores, y de este modo transcurrieron muchos días. Margarita conocía todas las flores, y a pesar de las muchas que había, le parecía que faltaba una, sin poder precisar cuál. En una ocasión en que estaba sentada contemplando el sombrero de la vieja, que tenía pintadas tantas flores, vio también la más bella de todas: la rosa. La vieja se había olvidado de borrarla del sombrero cuando hizo desaparecer las restantes bajo tierra. Pero, ya se sabe, uno no puede estar en todo.
- Ahora que caigo en ello -exclamó Margarita-, ¿no hay rosas aquí? -y se puso a recorrer los arriates, busca que busca, pero no había ninguna. Entonces se sentó en el suelo y rompió a llorar; sus lágrimas ardientes caían sobre un lugar donde se había hundido uno de los rosales, y cuando humedecieron el suelo, brotó de pronto el rosal, tan florido como en el momento de desaparecer, y Margarita lo abrazó, y besó sus rosas, y le volvieron a la memoria las preciosas de su casa y, con ellas, Carlitos.
- ¡Ay, cómo me he entretenido! -exclamó la niña-. Yo iba en busca de Carlos. ¿No sabéis dónde está? -preguntó a las rosas.- ¿Creéis que está vivo o que está muerto?
- Muerto no está -respondieron las rosas-. Nosotras hemos estado debajo de la tierra, donde moran todos los muertos, pero Carlos no estaba.
- Gracias -dijo Margarita, y, dirigiéndose a las otras flores, miró sus cálices y les preguntó: - ¿Sabéis por ventura dónde está Carlos?
Pero todas las flores tomaban el sol, ensimismadas en sus propias historias. Margarita oyó muchísimas, pero ninguna decía nada de Carlos.
¿Qué decía, pues, la azucena de fuego?
- Oye el tambor: "¡Bum, bum!." Son sólo dos notas, siempre "¡bum! ¡bum!." Escucha el plañido de las mujeres. Escucha la llamada de los sacerdotes. Envuelta en su largo manto rojo, la mujer está sobre la pira; las llamas la rodean, así como a su esposo muerto. Pero la mujer hindú piensa en el hombre vivo que está entre la multitud: en él, cuyos ojos son más ardientes que las llamas; en él, el ardor de cuyos ojos agita su corazón más que el fuego, que pronto reducirá su cuerpo a cenizas. ¿Puede la llama del corazón perecer en la llama de la hoguera?
- No comprendo una palabra de lo que dices -exclamó Margarita.
- Pues éste es mi cuento -replicó la azucena.
¿Qué dijo la campanilla?
- Más arriba del sendero de montaña se alza un antiguo castillo. La espesa siempreviva crece en torno de los vetustos muros rojos, hoja contra hoja, rodeando la terraza. Allí mora una hermosa doncella que, inclinándose sobre la balaustrada, mira constantemente al camino. No hay en el rosal una rosa más fresca que ella; ninguna flor de manzano arrancada por el viento flota más ligera que ella; el crujido de su ropaje de seda dice: "¿No viene aún?."
- ¿Te refieres a Carlos? -preguntó Margarita.
- Yo hablo tan sólo de mi leyenda, de mi sueño -respondió la campanilla.
¿Qué dice el rompenieves?
- Entre unos árboles hay una larga tabla, colgada de unas cuerdas; es un columpio. Dos lindas chiquillas - sus vestidos son blancos como la nieve, y en sus sombreros flotan largas cintas de seda verde - se balancean sentadas en él. Su hermano, que es mayor, está también en el columpio, de pie, rodeando la cuerda con un brazo para sostenerse, pues tiene en una mano una escudilla, y en la otra, una paja, y está soplando pompas de jabón. El columpio no para, y las pompas vuelan, con bellas irisaciones; la última está aún adherida al canutillo y se tuerce al impulso del viento, pues el columpio sigue oscilando. Un perrito negro, ligero como las pompas de jabón, se levanta sobre las patas traseras; también él quería subir al columpio. Pasa volando el columpio, y el perro cae, ladrando furioso, y las pompas estallan. Un columpio, una esferita de espuma que revienta; ¡ésta es mi canción!
- Acaso sea bonito eso que cuentas, pero lo dices de modo tan triste, y además no hablas de Carlitos.
¿Qué decían los jacintos?
- Éranse tres bellas hermanas, exquisitas y transparentes. El vestido de una era rojo; el de la segunda, azul, y el de la tercera, blanco. Cogidas de la mano bailaban al borde del lago tranquilo, a la suave luz de la luna. No eran elfos, sino seres humanos. El aire estaba impregnado de dulce fragancia, y las doncellas desaparecieron en el bosque. La fragancia se hizo más intensa; tres féretros, que contenían a las hermosas muchachas, salieron de la espesura de la selva, flotando por encima del lago, rodeados de luciérnagas, que los acompañaban volando e iluminándolos con sus lucecitas tenues. ¿Duermen acaso las doncellas danzarinas, o están muertas? El perfume de las flores dice que han muerto; la campana vespertina llama al oficio de difuntos.
- ¡Qué tristeza me causas! -dijo Margarita-. ¡Tu perfume es tan intenso! No puedo dejar de pensar en las doncellas muertas. ¡Ay!, ¿estará muerto Carlitos? Las rosas estuvieron debajo de la tierra y dijeron que no.
- ¡Cling, clang! - sonaban los cálices de los jacintos -. No doblamos por Carlitos, no lo conocemos. Cantamos nuestra propia pena, la única que conocemos.
Y Margarita pasó al botón de oro, que asomaba por entre las verdes y brillantes hojas.
- ¡Cómo brillas, solecito! -le dijo-. ¿Sabes dónde podría encontrar a mi campanero de juegos?
El botón de oro despedía un hermosísimo brillo y miraba a Margarita. ¿Qué canción sabría cantar? Tampoco se refería a Carlos. No sabía qué decir.
- El primer día de primavera, el sol del buen Dios lucía en una pequeña alquería, prodigando su benéfico calor; sus rayos se deslizaban por las blancas paredes de la casa vecina, junto a las cuales crecían las primeras flores amarillas, semejantes a ascuas de oro al contacto de los cálidos rayos. La anciana abuela estaba fuera, sentada en su silla; la nieta, una linda muchacha que servía en la ciudad, acababa de llegar para una breve visita y besó a su abuela. Había oro, oro puro del corazón en su beso. Oro en la boca, oro en el alma, oro en aquella hora matinal. Ahí tienes mi cuento -concluyó el botón de oro.
- ¡Mi pobre, mi anciana abuelita! -suspiró Margarita-. Sin duda me echa de menos y está triste pensando en mí, como lo estaba pensando en Carlos. Pero volveré pronto a casa y lo llevaré conmigo. De nada sirve que pregunte a las flores, las cuales saben sólo de sus propias penas. No me dirán nada -. Y se arregazó el vestidito para poder andar más rápidamente; pero el lirio de Pascua le golpeó en la pierna al saltar por encima de él. Se detuvo la niña y, considerando la alta flor amarilla, le preguntó: - ¿Acaso tú sabes algo? -y se agachó sobre la flor. ¿Qué le dijo ésta?
- Me veo a mí misma, me veo a mí misma. ¡Oh, cómo huelo! Arriba, en la pequeña buhardilla, está, medio desnuda, una pequeña bailarina, que ora se sostiene sobre una pierna, ora sobre las dos, recorre con sus pies todo el mundo, pero es sólo una ilusión. Vierte agua de la tetera sobre un pedazo de tela que sostiene: es su corpiño, ¡la limpieza es una gran cosa! El blanco vestido cuelga de un gancho; fue también lavado en la tetera y secado en el tejado. Se lo pone, se pone alrededor del cuello el chal azafranado, y así resalta más el blanco del vestido. ¡Arriba la pierna! ¡Mira qué alardes hace sobre un tallo! ¡Me veo a mí misma, me veo a mí misma! ¡Oh esto es magnífico!
- ¡Y qué me importa eso a mí! -dijo Margarita.- ¿A qué viene esa historia? -. Y echó a correr hacia el extremo del jardín.
La puerta estaba cerrada, pero ella forcejeó con el herrumbroso cerrojo hasta descorrerlo; abrióse por fin, y la niña se lanzó al vasto mundo con los pies descalzos. Por tres veces se volvió a mirar, pero nadie la perseguía. Al fin, fatigadísima, se sentó sobre una gran piedra, y al dirigir la mirada a su alrededor se dio cuenta de que el verano había pasado y de que estaba ya muy avanzado el otoño, cosa que no había podido observar en el hermoso jardín, donde siempre brillaba el sol, y las flores crecían en todas las estaciones.
- ¡Dios mío, cómo me he retrasado! -dijo Margarita-. ¡Estamos ya en otoño; tengo que darme prisa! -. Y se puso en pie para reemprender su camino.
Pobres piececitos suyos, ¡qué heridos y cansados! A su alrededor todo parecía frío y desierto; las largas hojas de los sauces estaban amarillas, y el rocío se desprendía en grandes gotas. Caían las hojas unas tras otras; sólo el endrino tenía aún fruto, pero era áspero y contraía la boca. ¡Ay, qué gris y difícil parecía todo en el vasto mundo!.


TREDJE HISTORIE.
Blomsterhaven hos konen, som kunne trolddom.

Men hvorledes havde den lille Gerda det, da Kay ikke mere kom? Hvor var han dog? - Ingen vidste det, ingen kunne give besked. Drengene fortalte kun, at de havde set ham binde sin lille slæde til en prægtig stor, der kørte ind i gaden og ud af byens port. Ingen vidste, hvor han var, mange tårer flød, den lille Gerda græd så dybt og længe; - så sagde de, at han var død, han var sunket i floden, der løb tæt ved byen; oh, det var ret lange, mørke vinterdage.

Nu kom våren med varmere solskin.

"Kay er død og borte!" sagde den lille Gerda.

"Det tror jeg ikke!" sagde solskinnet.

"Han er død og borte!" sagde hun til svalerne.

"Det tror jeg ikke!" svarede de, og til sidst troede den lille Gerda det ikke heller.

"Jeg vil tage mine nye, røde sko på," sagde hun en morgenstund, "dem Kay aldrig har set, og så vil jeg gå ned til floden og spørge den ad!"

Og det var ganske tidligt; hun kyssede den gamle bedstemoder, som sov, tog de røde sko på og gik ganske ene ud af porten til floden.

"Er det sandt, at du har taget min lille legebroder? Jeg vil forære dig mine røde sko, dersom du vil give mig ham igen!"

Og bølgerne, syntes hun, nikkede så underligt; da tog hun sine røde sko, det kæreste hun havde, og kastede dem begge to ud i floden, men de faldt tæt inde ved bredden, og de små bølger bare dem straks i land til hende, det var ligesom om floden ikke ville tage det kæreste hun havde, da den jo ikke havde den lille Kay; men hun troede nu, at hun ikke kastede skoene langt nok ud, og så krøb hun op i en båd, der lå i sivene, hun gik helt ud i den yderste ende og kastede skoene; men båden var ikke bundet fast, og ved den bevægelse, hun gjorde, gled den fra land; hun mærkede det og skyndte sig for at komme bort, men før hun nåede tilbage, var båden over en alen ude, og nu gled den hurtigere af sted.

Da blev den lille Gerda ganske forskrækket og gav sig til at græde, men ingen hørte hende uden gråspurvene, og de kunne ikke bære hende i land, men de fløj langs med bredden og sang, ligesom for at trøste hende: "Her er vi! her er vi!" Båden drev med strømmen; den lille Gerda sad ganske stille i de bare strømper; hendes små røde sko flød bagefter, men de kunne ikke nå båden, den tog stærkere fart.

Smukt var der på begge bredder, dejlige blomster, gamle træer og skrænter med får og køer, men ikke et menneske at se.

"Måske bærer floden mig hen til lille Kay," tænkte Gerda og så blev hun i bedre humør, rejste sig op og så i mange timer på de smukke grønne bredder; så kom hun til en stor kirsebærhave, hvor der var et lille hus med underlige røde og blå vinduer, forresten stråtag og udenfor to træsoldater, som skuldrede for dem, der sejlede forbi.

Gerda råbte på dem, hun troede, at de var levende, men de svarede naturligvis ikke; hun kom dem ganske nær, floden drev båden lige ind imod land.

Gerda råbte endnu højere, og så kom ud af huset en gammel, gammel kone, der støttede sig på en krogkæp; hun havde en stor solhat på, og den var bemalet med de dejligste blomster.

"Du lille stakkels barn!" sagde den gamle kone; "hvorledes er du dog kommet ud på den store, stærke strøm, drevet langt ud i den vide verden!" og så gik den gamle kone helt ud i vandet, slog sin krogkæp fast i båden, trak den i land og løftede den lille Gerda ud.

Og Gerda var glad ved at komme på det tørre, men dog lidt bange for den fremmede, gamle kone.

"Kom dog og fortæl mig, hvem du er, og hvorledes du kommer her!" sagde hun.

Og Gerda fortalte hende alting; og den gamle rystede med hovedet og sagde "Hm! hm!" og da Gerda havde sagt hende alting og spurgt om hun ikke havde set lille Kay, sagde konen, at han var ikke kommet forbi, men han kom nok, hun skulle bare ikke være bedrøvet, men smage hendes kirsebær, se hendes blomster, de var smukkere end nogen billedbog, de kunne hver fortælle en hel historie. Så tog hun Gerda ved hånden, de gik ind i det lille hus, og den gamle kone lukkede døren af.

Vinduerne sad så højt oppe og glassene var røde, blå og gule; dagslyset skinnede så underligt derinde med alle kulører, men på bordet stod de dejligste kirsebær, og Gerda spiste så mange hun ville, for det turde hun. Og mens hun spiste, kæmmede den gamle kone hendes hår med en guldkam, og håret krøllede og skinnede så dejligt gult rundt om det lille, venlige ansigt, der var så rundt og så ud som en rose.

"Sådan en sød lille pige har jeg rigtig længtes efter," sagde den gamle. "Nu skal du se, hvor vi to godt skal komme ud af det!" og alt som hun kæmmede den lille Gerdas hår, glemte Gerda mere og mere sin plejebroder Kay; for den gamle kone kunne trolddom, men en ond trold var hun ikke, hun troldede bare lidt for sin egen fornøjelse, og nu ville hun gerne beholde den lille Gerda. Derfor gik hun ud i haven, strakte sin krogkæp ud mod alle rosentræerne, og, i hvor dejligt de blomstrede, sank de dog alle ned i den sorte jord og man kunne ikke se, hvor de havde stået. Den gamle var bange for, at når Gerda så roserne, skulle hun tænke på sine egne og da huske lille Kay og så løbe sin vej.

Nu førte hun Gerda ud i blomsterhaven. - Nej! hvor her var en duft og dejlighed! alle de tænkelige blomster, og det for enhver årstid, stod her i det prægtigste flor; ingen billedbog kunne være mere broget og smuk. Gerda sprang af glæde, og legede, til solen gik ned bag de høje kirsebærtræer, da fik hun en dejlig seng med røde silkedyner, de var stoppet med blå violer, og hun sov og drømte der så dejligt, som nogen dronning på sin bryllupsdag.

Næste dag kunne hun lege igen med blomsterne i det varme solskin, - således gik mange dage. Gerda kendte hver blomst, men i hvor mange der var, syntes hun dog, at der manglede en, men hvilken vidste hun ikke. Da sidder hun en dag og ser på den gamle kones solhat med de malede blomster, og just den smukkeste der var en rose. Den gamle havde glemt at få den af hatten, da hun fik de andre ned i jorden. Men således er det, ikke at have tankerne med sig!

"Hvad!" sagde Gerda, "er her ingen roser!" og sprang ind imellem bedene, søgte og søgte, men der var ingen at finde; da satte hun sig ned og græd, men hendes hede tårer faldt netop der, hvor et rosentræ var sunket, og da de varme tårer vandede jorden, skød træet med ét op, så blomstrende, som da det sank, og Gerda omfavnede det, kyssede roserne og tænkte på de dejlige roser hjemme og med dem på den lille Kay.

"Oh, hvor jeg er blevet sinket!" sagde den lille pige. "Jeg skulle jo finde Kay! - Ved I ikke hvor han er?" spurgte hun roserne. "Tror I at han er død og borte?"

"Død er han ikke," sagde roserne. "Vi har jo været i jorden, der er alle de døde, men Kay var der ikke!"

"Tak skal I have!" sagde den lille Gerda og hun gik hen til de andre blomster og så ind i deres kalk og spurgte: "Ved I ikke, hvor lille Kay er?"

Men hver blomst stod i solen og drømte sit eget eventyr eller historie, af dem fik lille Gerda så mange, mange, men ingen vidste noget om Kay.

Og hvad sagde da ildliljen?

"Hører du trommen: bum! bum! det er kun to toner, altid bum! bum! hør kvindernes sørgesang! hør præsternes råb! - I sin lange røde kjortel står hindukonen på bålet, flammerne slår op om hende og hendes døde mand; men hindukonen tænker på den levende her i kredsen, ham, hvis øjne brænder hedere end flammerne, ham, hvis øjnes ild når mere hendes hjerte, end de flammer, som snart brænder hendes legeme til aske. Kan hjertets flamme dø i bålets flammer?"

"Det forstår jeg slet ikke!" sagde den lille Gerda.

"Det er mit eventyr!" sagde ildliljen.

Hvad siger konvolvolus?

"Ud over den snævre fjeldvej hænger en gammel ridderborg; Det tætte eviggrønt vokser op om de gamle røde mure, blad ved blad, hen om altanen, og der står en dejlig pige; hun bøjer sig ud over rækværket og ser ned ad vejen. Ingen rose hænger friskere fra grenene, end hun, ingen æbleblomst, når vinden bærer den fra træet, er mere svævende, end hun; hvor rasler den prægtige silkekjortel. 'Kommer han dog ikke!'

"Er det Kay, du mener," spurgte lille Gerda.

"Jeg taler kun om mit eventyr, min drøm," svarede konvolvolus.

Hvad siger den lille sommergæk?

"Mellem træerne hænger i snore det lange bræt, det er en gynge; to nydelige småpiger, - kjolerne er hvide som sne, lange grønne silkebånd flagrer fra hattene, - sidder og gynger; broderen, der er større end de, står op i gyngen, han har armen om snoren for at holde sig, thi i den ene hånd har han en lille skål, i den anden en kridtpibe, han blæser sæbebobler; gyngen går, og boblerne flyver med dejlige, vekslende farver; den sidste hænger endnu ved pibestilken og bøjer sig i vinden; gyngen går. Den lille sorte hund, let som boblerne, rejser sig på bagbenene og vil med i gyngen, den flyver; hunden dumper, bjæffer og er vred; den gækkes, boblerne brister, - et gyngende bræt, et springende skumbillede er min sang!"

"Det kan gerne være, at det er smukt, hvad du fortæller, men du siger det så sørgeligt og nævner slet ikke Kay. Hvad siger hyacinterne?"

"Der var tre dejlige søstre, så gennemsigtige og fine; den enes kjortel var rød, den andens var blå, den tredjes ganske hvid; hånd i hånd dansede de ved den stille sø i det klare måneskin. De var ikke elverpiger, de var menneskebørn. Der duftede så sødt, og pigerne svandt i skoven; duften blev stærkere; - tre ligkister, i dem lå de dejlige piger, gled fra skovens tykning hen over søen; sankthansorme fløj skinnende rundt om, som små svævende lys. Sover de dansende piger, eller er de døde? - Blomsterduften siger, de er lig; aftenklokken ringer over de døde!"

"Du gør mig ganske bedrøvet," sagde den lille Gerda. "Du dufter så stærkt; jeg må tænke på de døde piger! ak, er da virkelig lille Kay død? Roserne har været nede i jorden, og de siger nej!"

"Ding, dang!" ringede hyacintens klokker. "Vi ringer ikke over lille Kay, ham kender vi ikke! vi synger kun vor vise, den eneste, vi kan!"

Og Gerda gik hen til smørblomsten, der skinnede frem imellem de glinsende, grønne blade.

"Du er en lille klar sol!" sagde Gerda. "Sig mig, om du ved, hvor jeg skal finde min legebroder?"

Og smørblomsten skinnede så smukt og så på Gerda igen. Hvilken vise kunne vel smørblomsten synge? Den var heller ikke om Kay.

"I en lille gård skinnede Vorherres sol så varmt den første forårsdag; strålerne gled ned ad naboens hvide væg, tæt ved groede de første gule blomster, skinnende guld i de varme solstråler; gamle bedstemoder var ude i sin stol, datterdatteren den fattige, kønne tjenestepige, kom hjem et kort besøg; hun kyssede bedstemoderen. Det var guld, hjertets guld i det velsignede kys. Guld på munden, guld i grunden, guld deroppe i morgenstunden! Se, det er min lille historie!" sagde smørblomsten.

"Min gamle stakkels bedstemoder!" sukkede Gerda. "Ja hun længes vist efter mig, er bedrøvet for mig, ligesom hun var for lille Kay. Men jeg kommer snart hjem igen, og så bringer jeg Kay med. - Det kan ikke hjælpe, at jeg spørger blomsterne, de kan kun deres egen vise, de siger mig ikke besked!" og så bandt hun sin lille kjole op, for at hun kunne løbe raskere; men pinseliljen slog hende over benet, i det hun sprang over den; da blev hun stående, så på den lange gule blomst og spurgte: "Ved du måske noget?" og hun bøjede sig lige ned til pinseliljen. Og hvad sagde den?

"Jeg kan se mig selv! jeg kan se mig selv!" sagde pinseliljen. "Oh, oh, hvor jeg lugter! - Oppe på det lille kvistkammer, halv klædt på, står en lille danserinde, hun står snart på ét ben, snart på to, hun sparker af den hele verden, hun er bare øjenforblindelse. Hun hælder vand af tepotten ud på et stykke tøj, hun holder, det er snørlivet; - renlighed er en god ting! den hvide kjole hænger på knagen, den er også vasket i tepotten og tørret på taget; den tager hun på, det safrangule tørklæde om halsen, så skinner kjolen mere hvid. Benet i vejret! se hvor hun knejser på en stilk! jeg kan se mig selv! jeg kan se mig selv!"

"Det bryder jeg mig slet ikke om!" sagde Gerda. "Det er ikke noget at fortælle mig!" og så løb hun til udkanten af haven.

Døren var lukket, men hun vrikkede i den rustne krampe, så den gik løs, og døren sprang op, og så løb den lille Gerda på bare fødder ud i den vide verden. Hun så tre gange tilbage, men der var ingen, som kom efter hende; til sidst kunne hun ikke løbe mere og satte sig på en stor sten, og da hun så sig rundt om, var sommeren forbi, det var sent på efteråret, det kunne man slet ikke mærke derinde i den dejlige have, hvor der var altid solskin og alle årstiders blomster.

"Gud! hvor jeg har sinket mig!" sagde den lille Gerda: "Det er jo blevet efterår! så tør jeg ikke hvile!" og hun rejste sig for at gå.

Oh, hvor hendes små fødder var ømme og trætte, og rundt om så det koldt og råt ud; de lange pileblade var ganske gule og tågen dryppede i vand fra dem, et blad faldt efter et andet, kun slåentornen stod med frugt, så stram og til at rimpe munden sammen. Oh hvor det var gråt og tungt i den vide verden.

Nota: agradeceríamos infinitamente sus comentarios al contenido del cuento y/o a su traducción.

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